Por fin, Argentina. Por fin ganó. Por fin se desahogó. Por fin alejó los fantasmas. Por fin enterró los once meses (y cinco partidos) sin carcajadas en estas Eliminatorias que van de vaivén en vaivén. Por fin retempló el ánimo maltrecho para lo que viene (Chile, en Santiago, el miércoles). Por fin, pensamos, debe haber vuelto a creer seriamente en sus valores. Por fin, al margen de la faena colectiva, más de uno se sacó un gusto personal: Messi cumplió con su asignatura pendiente y convirtió su primer gol en el Monumental; Riquelme, con ese comienzo encendido, le demostró a unos cuantos que el guante en el pie derecho lo sigue teniendo y que cuando él se hace eje los movimientos del equipo adquieren otra plasticidad, otra seguridad, otra profundidad. Por fin, Argentina. Esas tres palabras alcanzan, a esta altura, un significado mayúsculo.
Había una misión, confesada sin tapujos por los propios jugadores: ganar, antes que cualquier otra cosa. 'Jugar bien? En esta ocasión, para ellos, era una circunstancia secundaria. No existía margen para regalar más puntos. No se podían ofrecer más flancos débiles. El desafío, vasto, era saldar la abultada deuda con la gente. Todas eran cargas extra, al fin de cuentas. Todas eran presiones que podían nublar las mentes y maniatar los pies. Sin embargo, lo mejor de la Selección estuvo en el nacimiento del espectáculo. Porque a los 6 ya estaba gritando el primero, tras un centro de Riquelme (recibió la pelota por una carambola en el árbitro Torres, de paupérrima labor) y un cabezazo sin oposición de Messi, allá por el segundo palo. Y porque a los 13 volvió a sacudir las gargantas: servicio de Tevez, volea de Cambiasso al poste derecho del arquero Castillo, rebote y gol de Agüero, de cara a la red. Dos ráfagas letales, dos a cero. Uruguay no sabía dónde estaba parado, no tenía idea si actuaba en el Monumental o en el Centenario. Su defensa era una invitación para los bajitos y para los estiletazos de Riquelme. Román la manejaba. Tevez, por la izquierda, era un monumento al esfuerzo y a la ambición: él, también, sabía que se jugaba mucho más que un simple partido luego de sus indisciplinadas últimas presentaciones. Messi (se perdió el tercero al minuto del segundo), por la orilla derecha, trataba de ganarle a las patadas uruguayas, que de a poco empezaron a aparecer en escena para no irse más. Agüero encaraba a los dos centrales con una facilidad asombrosa. Reinaba Argentina sin mayores deslumbramientos. Con esos ratos de inspiraciones individuales le alcanzaba para ser mejor que el muy limitado y violento Uruguay que plantó el maestro Tabárez.
Las brusquedades visitantes, justamente, fueron desnaturalizando el desarrollo. Uruguay, con Eguren como abanderado de las malas artes, aprovechó las licencias que les otorgaba el paraguayo Torres: parecía que había zona liberada para los puntapiés, para los agarrones, para los empujones, para los insultos. Y Argentina cayó en la trampa que, premeditadamente, le tendió su oponente: se prendió en el ida y vuelta, no del ritmo y del fútbol sino de las brutalidades y de las amarillas. La Selección se fue apagando en su insistencia para atacar y en su facilidad para monopolizar la pelota. La dividió, equivocadamente. Y como atrás sólo Burdisso (la figura de la cancha) ofrecía garantías, Uruguay se animó a revolotear por las cercanías de Carrizo. Un desconocido Demichelis le cometió penal a Suárez (el mejor uruguayo) que Torres no sancionó. Y a los 39, Suárez corrió y alcanzó una pelota imposible y le sirvió el descuento a Lugano. Otra vez a sufrir.
En el complemento pasó nada de belleza y mucho de grisura. Quedó la guapeza de Tevez (Castillo le sacó un gol), quien terminó casi de enganche cuando ya no estaba Riquelme. A la voracidad de Agüero le faltó justeza para asegurar la chapa. Torres siguió repartiendo amonestaciones de acá para allá. Y las patadas volaban como si fuesen centros. No hubo para más. O sí: por fin, Argentina.